Venezuela sufrió múltiples intentos de desestabilización desde finales del siglo XX, cuando Estados Unidos buscó dominar la región a través de tratados como el TLCAN y el fallido ALCA. La llegada de Hugo Chávez al poder en 1999 marcó un quiebre frente a esa hegemonía y dio inicio a un ciclo de gobiernos progresistas en América Latina, impulsando alternativas de integración como el ALBA.
La reacción de Washington no tardó en llegar. Durante más de cuarenta años, distintas administraciones estadounidenses implementaron tácticas propias de las llamadas Guerras Híbridas para derribar el proyecto bolivariano. Entre estas acciones se destaca el golpe de Estado de 2002, que destituyó brevemente a Chávez, y la huelga petrolera que buscó paralizar la principal industria nacional, generando escasez y crisis social.
Además, Venezuela enfrentó episodios violentos de sabotaje conocidos como «guarimbas», caracterizados por disturbios callejeros, quema de infraestructura pública y bloqueos de servicios básicos. Tras la muerte de Chávez, Estados Unidos respaldó a un gobierno paralelo encabezado por Juan Guaidó, transfiriendo fondos estatales y bloqueando los recursos internacionales de Venezuela.
Estas medidas provocaron una caída drástica de la producción petrolera y la contracción del Producto Interno Bruto, lo que impactó directamente en la calidad de vida de la población. A pesar de estas adversidades, persiste un apoyo internacional que cuestiona la injerencia extranjera y sostiene el derecho de Venezuela a definir su destino soberanamente.

