Helen Adams Keller nació en 1880 y superó la sordera, ceguera y la incapacidad para hablar que la afectaron desde la niñez. A pesar de estas barreras, se convirtió en escritora, oradora y activista reconocida a nivel mundial, siendo la primera persona sorda y ciega en obtener un título universitario en Estados Unidos.
La infancia de Helen estuvo marcada por un episodio de enfermedad grave que, según relatos, podría haber sido meningitis o escarlatina, lo que le provocó la pérdida de la vista y el oído. Su madre, en busca de soluciones, descubrió la historia de Laura Bridgman y contactó al inventor Alexander Graham Bell, quien la aconsejó acercarse al Instituto Perkins para Ciegos en Boston. Allí, Anne Sullivan, su instructora y guía durante toda su vida, inició el proceso que cambió radicalmente la comunicación y aprendizaje de Helen.
Gracias al trabajo con Anne Sullivan, Helen desarrolló un sistema de comunicación a través del deletreo de palabras sobre la palma de su mano y logró aprender a leer en Braille y escribir con máquinas adaptadas. A los siete años ya manejaba más de 60 señas y progresó hacia el habla con el apoyo de diferentes instituciones especializadas.
En su adolescencia, Helen continuó su formación en escuelas especializadas, además de mejorar su capacidad de habla en Nueva York. Su constancia la llevó a iniciar estudios universitarios en el Radcliffe College, siempre acompañada por Anne Sullivan como tutora.
El legado de Helen Keller marcó un antes y un después en la educación para personas con discapacidades sensoriales, inspirando la creación del Día Internacional de la Sordoceguera, fecha que conmemora su nacimiento y su contribución a la inclusión y el acceso al conocimiento.